lunes, 24 de julio de 2017

Bajo blancuzcos algodones la tarde goniza, el ave fénix aletea en fría jaula estrecha, llega lenta y lóbrega la noche su manto despoblado de estrellas. Me inquieta el silencio del silencio me azuza la musa contemplar la luna ¡Mira, es mucha ternura la noche esta desnuda! Con los luceros aguados respondo, que tristura ver la noche oscura; estoy demasiada confusa no estoy para coloquios. Da igual la musa o la proeza de Neruda, toda esta densa hay niebla de lujuria, el brioso caballito al galopar me roza; va cargado de deseo suplicante. Estoy de luto, brotan de mi cruz los huesos sepultados haciendo trincheras a mis costados. La noche sigue meditabunda y su lienzo impoluto. Mi neurociencia alucina una lirica sin alma, el piano mudo llora en do mayor melodía de Chopin y en verdes cascadas caen goterones mis nostalgias jaspeando el cristal queriendo acrisolar mi éter. El ave fénix busca su libre albedrío, desata el pergamino despeñando rosas negras en mi oscuro laberinto. Me quedo aterida, caigo en el desván sacramental al son de la toccata de Bach y se desliza mi duna en arrebol crepuscular. Nery de Paraguay En el oscuro laberinto.

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